17.11.2019
Mente

Tus verdades son subjetivas, así que tu realidad es arbitraria.

Mariana Valenzuela

Lo que para mí es “lo correcto”, “lo ideal”, para ti puede ser algo sin sentido. O lo que para ti es “la verdad”, para mí tal vez no lo sea. No es que tú tengas la razón o que yo la tenga, ni mucho menos voy a venir a decirte que tú estás mal y yo estoy bien (o al revés) porque me choca categorizar las cosas como si tuviéramos ese poder de decidir qué sí y qué no. Esas son chingaderas. Todos tenemos nuestra verdad.

Y lo importante de tener una verdad propia, es cómo te hace sentir esa “verdad” que tú eliges. No me importa quién tiene la razón o cuál es la verdad absoluta, todo eso vale madre. De nada te va a servir encontrar “tu verdad” si es solo un reflejo de lo que otros quieren que sigas creyendo sobre ti, ni si lo haces por quedar bien con los demás. Lo realmente valioso para mí, es cómo alguna creencia que yo elijo me hace sentir; qué mueve en mí, cómo me ayuda a estar mejor en mi propio ser. 

Las “verdades absolutas” no tienen nada de absolutas.

La sociedad nos impone verdades como si fueran absolutas. Desde que somos bebés los “poseedores de la verdad” (o sea papás, abuelos, maestros, tíos, sacerdotes, medios de comunicación y demás) nos van moldeando según sus costumbres, ideas y preferencias. Cuando nacemos somos como computadoras con la memoria en blanco, pero la sociedad nos va llenando con sus ideas el disco duro. Nos enseñan desde cómo caminar hasta cómo pensar, qué sentir y de qué forma demostrar lo que somos. Es como si fuéramos sus pinches robots que van programando a su gusto. 

Einstein se hizo famoso por su Teoría de la Relatividad. Con esta teoría llegó a callar bocas y romper esquemas al demostrar que el tiempo es relativo. Y fue así como eso tan grande que se creía una verdad absoluta imposible de negar, resultó no serlo. Yo creo que esta idea aplica muy bien en la vida. Lo que la sociedad nos enseña que es “la verdad absoluta”, en realidad no es necesariamente verdad y definitivamente no es absoluta. Por eso me cuesta tanto trabajo aceptarla. Me caga que la gente se crea dueña de la verdad. 

Nuestras ideas no son nuestras. 

¿Crees que estoy exagerando? Ojalá fuera así. Ponte a pensar un poco en cómo educamos a los niños. Nos la pasamos señalándoles qué pueden hacer, qué no, qué está prohibido, qué cosas deben hacer aunque no quieran. Y al disco duro le vamos metiendo “verdades” sobre “lo correcto” cada vez más cabronas. Empieza con un “no te metas los juguetes a la boca”, después es un “en la sala no debes entrar con zapatos porque vas a ensuciar todo”. Después se vuelve un “lleva la falda más larga, las niñas bien no enseñan tanta pierna”, o un “los hombrecitos no lloran”, para después rematar con un “ya tienes casi 30 y no te has casado, te vas a quedar sin pareja para siempre” o un “no sé qué esperas para tener hijos”. Conforme estamos cerca de ser adultos, nuestra idea de quiénes somos, de nuestra forma de pensar y de sentir, en realidad no es nuestra porque la construyeron los demás.

Sin preguntarnos y metiéndose en lo más profundo de nuestro ser, nos fueron enseñando la verdad que nos quisieron formar sobre nosotros mismos. Nos enseñan moldes en los que “debemos caber”, nos ponen etiquetas que definen nuestros estilos de vida. Cuando éramos niño sólo vivíamos el presente; disfrutábamos el momento y nuestras necesidades básicas iban guiando tus siguientes pasos. Hacíamos cualquier cosa que nos hiciera pasarla bien. Todo estaba poca madre, no nos preocupaba para nada el “qué dirán”….Pero luego llegó la pinche sociedad a adiestrarnos y bombardearnos con la idea del éxito “que debemos seguir” (revisa tus redes sociales y la televisión para encontrar ese estereotipo que seguro ya conoces). Nos mostraron el caminito que según ellos hay que seguir para ser “exitosos”, aunque eso no tuviera nada que ver con quien realmente somos o con lo que de verdad nos apasiona. 

Es algo así como en Inception, cuando siembran una idea en nuestra mente sin darnos cuenta. Así nos enseñan “nuestra verdad” y la creemos con los ojos cerrados. Ese es el pedo: creemos ser lo que otros nos dicen que somos. Incluso está tan intenso este asunto, que a veces somos nosotros mismos quienes nos saboteamos y nos hacemos creer verdades para negar nuestra esencia; somos nosotros quienes no nos dejamos salir del clóset donde vivimos. Y en vez de sacar a nuestro yo interior, lo enterramos con tal de seguir esforzándonos por caber en los moldes que nos han impuesto desde siempre. Eso está de la chingada. Nos vuelve prisioneros por voluntad propia, con tal de no enfrentar el mentado “qué dirán”.

Aduéñate de tus verdades

Te digo sin temor a equivocarme: las verdades se entienden mejor cuando las hacemos nosotros mismos. Si sigues construyendo tu historia basándote en lo que la sociedad te impone como “la verdad”, nunca vas a darte la oportunidad de encontrar tu esencia y vivir de forma auténtica. 

Lo estamos haciendo al revés: lo importante es encontrar nuestra propia verdad; aquella que tal vez para otros sea absurda, egocéntrica o como quieran llamarle, pero para ti es el reflejo de tu esencia. Sólo así dejaremos de perdernos entre tanta falsedad y tanto “quedar bien”. Estar en el lugar donde otros quieren que estemos es darles el poder que nos pertenece. Nadie tiene ni el derecho ni la capacidad de definirte. Eres solamente tú quien puede saber quién eres y cuál es tu verdad.

Nunca es tarde para salir de esos moldes donde la sociedad nos ha metido durante años. Incluso de aquellos donde nosotros mismos hemos elegido estar. Búscate, encuéntrate y libérate. Está de hueva desperdiciar tus días en esta vida dejando que los demás te moldeen a su antojo. 

Vive tu propia verdad.


Mariana Valenzuela
Siempre he querido cambiar al mundo y al escribir me siento superpoderosa. Soy muy yo: cursi, feminista, entregada y fan de lograr cosas que parecen imposibles. Espero nunca se me quite lo terca.
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mariana@tevasamorir.comhttp://www.tevasamorir.com

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