29.4.2020
Cuestionamientos

Tú y tu cuerpo: ¿historia de amor?

Mariana Valenzuela

Creo que mi cuerpo no es mío. Ni el tuyo es tuyo, ni el de demás es de ellos. En este mundo donde “los normales” dicen qué sí y qué no, el cuerpo es propiedad pública, y ni cuenta nos damos. 


Pongo entre comillas “los normales” porque no creo que exista la normalidad, pero vivimos queriendo ser “normales”. Quién sabe quiénes son esos, por qué se creen superiores y quién les dio el derecho de definir qué cuerpos son bellos; ahí vamos ciegamente a seguir lo que dictan y a sufrir si no encajamos en sus reglas.

 

Dejamos que la sociedad determine la relación que tenemos con nuestro propio cuerpo: qué imagen percibimos de él, cómo tratarlo y bajo qué estándares moldearlo. Lejos de ser una historia de amor propio, se vuelve un relato de miedo, rechazo e inseguridad; una lucha eterna por tener el cuerpo que según otros debemos lograr.


Este texto de VICE lo explica de forma muy directa y clara:


“Se nos enseña a interiorizar corporalmente el rechazo, el silencio, la vergüenza, la culpa y una sensación estructural de fracaso: ante la expectativa de la familia, ante la promesa de la dieta, ante la autoridad del dispositivo médico clínico, y especialmente, ante el deseo de los normales, esos animales rapaces de mil ojos cuya tranquilidad depende de nuestra condena física”.


En este mundo, estar feo es una desventaja

La lógica bajo la que nos relacionamos con nuestro cuerpo y juzgamos el de los demás (que es una mamada sin sentido, a mi parecer), es más o menos así: 


Nos enseñan que hay tres tipos de humanos: los bellos, los feos y los que quedan en medio y dependiendo de qué tanto sepan sacarse provecho son considerados del bando de los guapos, o del de la gente que debe seguir esforzándose y cambiando cosas de su apariencia para no tener la etiqueta de feos. 


En la cultura occidental, el concepto de belleza generalizado está peleado con la vejez, la piel morena, la baja estatura y la falta de delgadez. Para que nos consideren bellos, debemos vernos jóvenes sin importar la edad, ser altos, blancos y delgados. Los cuerpos que no cumplen con esos criterios, son discriminados.


Tenemos la idea de que si queremos ser alguien en la vida (como si por el simplemente hecho de existir no fuéramos ya alguien) debemos hacer todo lo posible por ser guapos. Porque en este mundo, no ser físicamente atractivos es una desventaja enorme. En cambio, los guapos la tienen más fácil. No tienen que cambiar tanto de ellos para ser aceptados por la sociedad.


En búsqueda del cuerpo perfecto

imagen en blanco y negro de una mujer con solo una parte de la cara fuera del agua

El pedo es que el afán de encajar en los pinches estereotipos de belleza no es solo cuestión de cómo nos vemos frente al espejo, o de qué tan “agraciados” nos consideran los demás. Nos han hecho creer que entre más atractivos seamos, mejores oportunidades tendremos de tener una vida plena y de encontrar una pareja que nos ame. Así, como si no ser guapo fuera razón suficiente para no ser dignos de amor. Por eso nos pasamos gran parte de nuestra vida intentando mejorar nuestro aspecto físico a toda costa. 


Tal vez dices que no es tu caso. Que aceptas tu cuerpo como es y te vale madre lo que opinen los otros. Puede que sea el caso; qué chingón. Pero si volteamos a nuestro alrededor, la gran mayoría de las personas de una forma u otra viven en esa lucha por cumplir las expectativas que otros tienen sobre su cuerpo. Por eso generalizo. 


De hecho casi podría asegurar que todos al menos en algún momento hemos estado inconformes con nuestro aspecto porque no se parece tanto al “cuerpo perfecto”. Cada quien en distinta medida: algunos nos ponemos a dieta muy cabrón por tratar de vernos como los actores famosos, y siguiendo esa idea nos privamos de comer lo que nos encanta aunque a veces hasta lloremos de antojo. Otros se someten a cirugías meramente estéticas que aparte de caras ponen en riesgo su vida. Les vale pito el dinero que gastan y la chinga de la recuperación. También hay quienes se rechazan tanto que cambian su aspecto con un montón de maquillaje todos los días. Y ni hablar de quienes tienen canas: en cuanto se asoman de nuevo entre el cabello las cubren con tinte para que los años no se noten, porque se cree que ser viejo es renunciar a la guapura. 


Podría seguir dando ejemplos de cómo hay mil formas de cambiar nuestro aspecto por cumplir las expectativas que tenemos sobre nosotros porque alguien más nos dijo que así debía ser. Pero creo que con esos ya queda claro mi punto: tenemos tan metido el chip de encajar en los cánones de belleza, que no lograrlo afecta un chingo la idea que tenemos sobre nuestro propio cuerpo, y por lo tanto sobre nosotros mismos.


Luchamos contra nuestra naturaleza por cumplir expectativas. Y vemos al cuerpo como moneda de cambio para la aceptación y la autoestima. Por eso digo que nuestro cuerpo, en realidad no es de nosotros, sino de la sociedad. Y dejamos que nuestra apariencia física defina nuestras oportunidades y lo que queremos y esperamos. Nos cortamos las alas sólo porque otros dicen que no tenemos el cuerpo que se necesita para poder atrevernos a soñar.

¿Cómo lograr una historia de amor entre nosotros y nuestro cuerpo?

Como todo problema, para poder trabajarlo hay que darnos cuenta que existe, aceptarlo y tratar de entenderlo. Y para mí, en este caso eso empieza cuestionando qué es el cuerpo, para qué nos sirve y qué significado tiene en nuestra vida. Con eso ya tendríamos las bases para decidir de forma consciente qué relación tener con nuestro cuerpo, y si así lo queremos, buscar la forma de escribir una historia de amor entre nosotros y el cuerpo con el que llegamos a este mundo. 


El cuerpo es mucho más que carne y hueso. Es el medio que tenemos para vivir, para disfrutar con nuestros cinco sentidos lo que somos, a quienes nos rodean y lo que hay a nuestro alrededor. Gracias a nuestro cuerpo podemos amar, reír, llorar y sentir un chingo de emociones que dan sentido a la vida. Suena muy cursi, pero creo que nuestro cuerpo merece que lo tratemos como tal, en vez de estarle metiendo una chinga para ser lo que no es.  


Cada quien hace de su culo un papalote

Para mí, el permitir que otros se adueñen de nuestro cuerpo, es algo que vale la pena cuestionar. Muy tu pedo si te empeñas en llegar a cierta versión de tu apariencia ´física. No digo que esté mal (además se´ que no te importa lo que opine y no tengo autoridad moral para hacerlo). Incluso puede llegar a ser sano buscar adelgazar o tonificar el cuerpo, por ejemplo. Pero todo por salud y desde el amor propio. 


Existe el libre albedrío y por eso cada quien hace de su culo un papalote. Pero creo que el chiste es que el papalote que hagas vuele hacia donde a ti te dé la gana, porque así lo prefieras, y no por seguir lo que otros te hacen creer que es “lo normal”, o lo que tienes que hacer para que tu cuerpo valga la pena frente a los demás. 


Quienes sí tienen una historia de amor con su cuerpo determinan por sí mismos su manera de tratar el vehículo que la vida (o Dios, el destino, el Universo o como le quieras llamar) les prestó mientras les dure el tiempo en este planeta. Saben que tarde o temprano se van a morir, y aprovechan las chingonerías que les ofrece su cuerpo, en vez de desperdiciarlo por cumplir expectativas de los demás. Además, al estar conscientes de su cuerpo, lo cuidan. Algunos con ejercicios, otros manejando su energía, otros con buenos hábitos alimenticios. Si te interesa este pedo y quieres informarte más sobre cómo lograr una historia de amor entre tú y tu cuerpo sin tanto pinche cliché, puedes checar el curso “El Cuerpo Según Yo”, de Diego Dreyfus. O no, si no quieres. El punto es que encuentres la manera que a ti te funcione para estara bien con tu propio cuerpo, de adentro hacia afuera. 






Mariana Valenzuela
Siempre he querido cambiar al mundo y al escribir me siento superpoderosa. Soy muy yo: cursi, feminista, entregada y fan de lograr cosas que parecen imposibles. Espero nunca se me quite lo terca.
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mariana@tevasamorir.comhttp://www.tevasamorir.com

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