8.5.2020
Cuestionamientos

¿Tener una mejor educación sexual nos ayudaría a disfrutar más el sexo?

Mariana Valenzuela

Hagamos tantita memoria:

¿Cómo empezaste a vivir tu sexualidad? 

¿Sabías qué pedo cuando fue tu primera erección consciente, o tu primera menstruación? ¿Entendías lo que estaba pasando con tu cuerpo? ¿Sentías que sabías suficiente de sexualidad cuando empezaste a coger? 


Si tu respuesta es “sí”, eres parte de la minoría que de una u otra forma no anda tan jodido en el tema de educación sexual (para estadísticas al respecto, checa este artículo). Si no sabías ni qué onda cuando dabas tus primeros pininos en el enorme y no lo suficientemente explorado mundo del sexo, no eres para nada la única persona en esa situación, y no serás la última.


Para quienes vivimos en sociedades mochas como la mexicana, hablar de sexo es visto como algo “inapropiado para los niños-pubertos-teens”; como algo “de gente grande”. Sepa la chingada en qué momento damos ese salto a ser “grandes”, pero suele ser ya que la cagamos más de una vez en cosas relacionadas con la sexualidad. Y eso generalmente pasa un buen rato antes de los 20, cuando la mayoría no tenemos las herramientas necesarias para aventarnos al ruedo del sexo de manera informada y responsable. No es que no nos importe (aunque a veces sí nos vale); es que no estamos bien educados en el tema porque “no tenemos edad para hablar de eso”. 


¿Entonces qué pasa si tenemos por ejemplo 18 años y traemos la hormona a todo lo que da pero no tenemos a alguien “grande” que se siente con nosotros a hablarnos de sexo y nos enseñe al menos las bases de lo que deberíamos saber para tener una vida sexual plena, libre, responsable y sin tantos pinchis prejuicios? Pues recurrimos a nuestros amigos, aunque sean igual o más ignorantes que nosotros. O al porno. O a Google. O aplicamos lo que hemos aprendido en series o películas. 


Buscamos información sobre sexualidad en otros lados, porque en casa hablar de eso “es pecado”. O para los no tan religiosos, “es una falta de respeto para los papás”. Y para evitarnos el regaño, la vergüenza o la hueva de que nos hagan mala cara, no tocamos el tema en familia. Mucho amor y todo, pero bien censurados. Pero bueno, las dinámicas familiares son otro tema. El punto aquí son las consecuencias de no recibir una buena educación sexual.


La ignorancia en temas sobre sexualidad, como en cualquier otro tema, nos orilla a no aprovechar al máximo las situaciones. Entonces, más allá de qué tan cultos seamos dependiendo de nuestros conocimientos sobre sexo, la educación sexual impacta directamente en la forma en que disfrutamos nuestra vida sexual. 


Soy de la idea de que a mayor educación sexual, mayor disfrute del sexo. ¿Por qué? Porque como dice el dicho, “conocimiento es poder”. No es la misma coger sin tener puta idea de lo que haces, a saber que hay lubricantes, juguetes sexuales, que el consenso importa y que el orgasmo es tu derecho y no tienes por qué fingirlo ni ocultarlo. 


Creo que nos ahorraríamos muchos momentos incómodos si supiéramos más sobre sexualidad. Va la lista:


Momentos incómodos que muchos vivimos en distintos aspectos de la sexualidad, por no saber qué pedo:


  • Creemos que “la primera vez” será especial y nos gustará un chingo

Tenemos idealizado el concepto de “la primera vez”. Pero incluso ese nombre (a mi parecer muy ridículo)que me damos es un reflejo del silencio y la forma tan “por debajo de agua” con la que abordamos el tema del sexo. En lugar de: “¿cómo fue la primera vez que tuviste relaciones sexuales?”, la pregunta que hacemos es: “¿cómo fue tu primera vez?”. Porque “qué oso” que nos escuchen hablar de sexo así sin pelos en la lengua. No vayan a pensar que somos inmorales. Pero bien que nos parece sabroso el morbo que genera esa pregunta. 


La cosa es que la mentada “primera vez” no es ni tan linda ni tan rica como por alguna razón nos hacen creer. Y tal vez nunca alguien nos ha dicho tal cual: “te va a encantar cuando cojas por primera vez”, pero es como una idea que forma parte de la cultura general y la hemos adoptado como propia por generaciones (porque vamos por la vida creyendo verdades que nos enseñan como absolutas). 



  • Tenemos falsas expectativas del sexo

Pregunté a hombres y mujeres a mi alrededor cuáles eran sus expectativas para “su primera vez” (o sus primeras veces). La mayoría de los hombres me dijeron que creían que coger iba a ser muy como en las porno: con gemidos de placer, buen ritmo y sin dolor ni incomodidad. En cambio, gran parte de las mujeres me dijeron que se imaginaban ese momento como algo muy tierno, digno de película romántica. Claro que hubo hombres que esperaban ternura y mujeres que buscaban placer, pero en general me di cuenta que las expectativas de la mayoría es algo muy generalizado por el tipo de educación sexual que recibimos. 


Y a la hora de la relación sexual, nos damos cuenta que las cosas no son como las imaginábamos. A veces en vez de poder coger en dos segundos, como en las porno,  no lubricamos lo suficiente y no sabemos ni qué pedo con los lubricantes, entonces nos llegamos a lastimar y la penetración se vuelve complicada y dolorosa incluso para ambas partes. O también pasa que solo buscamos tener relaciones por placer, no por buscar un amor eterno como en las historias cursis. 


Como tenemos un chingo de falsas expectativas de cosas que otros nos han hecho creer sobre el sexo, conforme nos adentramos a vivir nuestra sexualidad nos vamos enfrentando a putazos de realidad que nos hacen aprender por las no tan buenas. O a veces incluso cerramos la ventanita del amor (me encanta esa canción) y nos volvemos virginales por mucho tiempo porque nos da miedo o pena la sola idea de volver a vivir esos momentos incómodos o dolorosos. 


Otro punto es, que como es un tema del que no se habla, a algunos les da pena y no investigan sobre el placer. Entonces creen que coger es solo meter y sacar. Y no se atreven a proponer algo a su pareja, o a decir cuando algo no les gusta. Hay quienes fingen orgasmos con tal de no quedar mal ni hacer sentir menos a la persona con la que están teniendo relaciones sexuales. Así de fucked-up está la cosa. Nos cuesta sincerarnos en torno al sexo, por pena al mentado qué dirán. 


  • La menstruación es tema tabú

Nos da pena y hasta miedo. Y peor a las que nos baja cuando estamos chicas. Algunas no tienen ni idea de qué pasa y se asustan cuando ven que sangran. Eventualmente alguien les explica y lo entienden un poco mejor. Y aparte, eso de inaugurar la lista de las niñas “que ya se están volviendo señoritas” suele volvernos el blanco de miradas picaronas y risas burlescas. Como nos empezamos a desarrollar de forma precoz, pues nos crecen las bubis desde antes que las demás. Algunas, con tal de no ser señaladas, incluso se ponen ropa muy holgada para que no se les noten. ¡Como si no fuera algo natural! 


Y ni se diga de aceptar que nos bajó. Le decimos a nuestra mamá que nos lleve a comprar toallas pero que por favor no le diga a nadie que ya menstruamos, porque nos da vergüenza. Acto siguiente, todas las tías ya saben. Y luego nos ven en la próxima reunión con carita de “estoy orgullosa de que mi niña ya esté creciendo” y nosotras con cara de WTF. Y al mismo tiempo, a las que les baja más grandes del promedio, se les presiona con que seguro hay algo malo en ellas porque no les baja y a las demás sí. Qué chinga: a unas porque nos baja antes y a otras por que les baja después. 


Algunas crecen pero la vergüenza en todo lo que gira alrededor de la menstruación sigue estando presente. Por ejemplo, tengo una prima a la que a sus 28 años les da pena encargarle toallas a su esposo cuando ella se está retorciendo de cólicos. O a muchas ya incluso treintonas les da pena que la gente vea que se tienen que cambiar la toalla, el tampón o la copa menstrual. Y algunos hombres se paniquean cuando alguna mujer se mancha cuando les baja, o son incapaces de hablar del tema. 


Y como dicen este artículo de El País, tanto hombres como mujeres seguimos prefiriendo que hagan anuncios sobre toallas con líquido azul en vez de rojo, o hablamos de la menstruación como “estar en nuestros días”, “estar indispuesta” o “tener la visita de Andrés”, en vez de decir las cosas por su nombre. 



  • La vergüenza cuando nuestros papás descubren que “ya no somos vírgenes”


Muchos de nuestros papás alguna vez nos han dicho que debemos llegar vírgenes al matrimonio. La virginidad sigue siendo todo un tema, en especial hacia las mujeres. Y esa idea se refuerza en los medios de comunicación y en la convivencia diaria. Tanto en las historias que consumimos como en nuestras dinámicas sociales, no falta la tía persignada que se espanta cuando alguien habla sobre sexo, ni el primo que tacha de puta a la prima que coge sin estar casada. 


Y la mayoría de nosotros no vamos felices a contarle a nuestros papás cuando cogemos por primera vez. Al contrario, hacemos todo lo que está en nuestras manos para que nos crean vírgenes por siempre. Cuando se enteran suele ser porque nos cacharon de una u otra forma. Ir al doctor con ellos es una forma común en la que se enteran de nuestra verdad. A las mujeres nos suele pasar: nuestras mamás nos llevan al ginecólogo “para acompañarnos”. Y cuando llega la pregunta de “¿y ha tenido relaciones sexuales?”, deseamos que nos trague la tierra al ver la cara de nuestra mamá pelando los ojos. Y ni modo de mentir. Ahí se nos cae el teatrito, como dicen. Ni qué decir del momentazo incómodo del regreso del consultorio a casa. O silencio sepulcral, o sermón interminable. 


Una buena educación sexual nos ayudaría a disfrutar más el sexo

mujer en blanco y negro sentada en una cama

Yo sí creo que las cosas serían diferentes si tuviéramos mejor educación sexual, si desde chicos pudiéramos hablar sobre sexo de manera abierta y sin prejuicios, y tuviéramos acceso a información de calidad y objetiva sobre sexualidad. Entenderíamos que es algo “normal”, que cada quien la vive a su manera y no hay reglas (más que el respeto, el consenso y la responsabilidad). 


Una buena educación sexual nos permitiría sentirnos más plenos en nuestra vida sexual. Tendríamos clara la importancia de conectar con nosotros mismos para saber qué nos gusta, qué aceptamos y qué no estamos dispuestos a tolerar en el sexo. Y comprenderíamos que no hablar del tema simplemente nos cierra puertas para disfrutar. Veríamos el sexo como lo que es: algo natural, en vez de guiar nuestra vida sexual por prejuicios, falsas expectativas, o miedos mal fundamentados. 


Entenderíamos que el sexo puede llegar a ser algo muy chingón, tanto si lo hacemos por mero placer, o por amor, pero siempre desde el amor propio. Sabríamos que cada quien tiene su propio ritmo para vivirla. Que es igual de válido decidir coger a los 17 que a los 24, solteros o en matrimonio, con quien se nos antoje, o nunca hacerlo.


Ese cambio no es un sueño guajiro. Suena cursi lo que voy a decir, pero está en nuestras manos cambiar esta realidad. Hay que romper esos paradigmas en torno al sexo, empezar a darnos chance de disfrutar a nuestra manera, sin limitarnos ni autocensurarnos, pero siempre tomando en cuenta la realidad de las personas con queines cogemos o tenemos algún otro tipo de interacción sexual. 


Y ya que andemos en ese mood de cambiar el chip, hay que darnos tiempo de enseñar a las nuevas generaciones que deben ser responsables sobre su propia sexualidad, y que disfrutarla es su derecho; que la sexualidad es parte de la vida. Ya vimos que con vergüenza y regaños no vamos a llegar a ningún lado. Nos toca abordar la sexualidad desde el otro lado: el de la honestidad, la apertura y la libertad. Hablemos de sexo sin pelos en la lengua, y seguro lo disfrutaremos más.





Mariana Valenzuela
Siempre he querido cambiar al mundo y al escribir me siento superpoderosa. Soy muy yo: cursi, feminista, entregada y fan de lograr cosas que parecen imposibles. Espero nunca se me quite lo terca.
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mariana@tevasamorir.comhttp://www.tevasamorir.com

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