16.1.2020
Crecimiento

¿Miedo a la muerte?

Mariana Valenzuela

Para muchos, una de las cosas más frustrantes es no poder controlar lo que pasa o no en nuestra vida, y mucho menos en la de los demás. La única certeza que todos tenemos, es que nos vamos a morir. Le tenemos miedo a la muerte porque no podemos controlar ni cuándo ni cómo va a llegar. 

No estamos preparados para morir, y casi nadie nos dice cómo sobrevivir las muertes de quienes amamos. Está cabrón. Para algunos es un miedo irracional. De hecho estaba investigando al respecto para escribir este artículo y me descubrí que esto tiene un nombre: tanatofobia

Tu miedo a la muerte te impide disfrutar la vida

El no poder cambiar la realidad a nuestro antojo y evitar la muerte o ponerle fecha exacta, causa frustración y mucha impotencia. Hay quienes en vez de vivir plenamente el tiempo que les queda en este planeta, están constantemente angustiados temiéndole a “la parca”, como le dicen algunos mexicanos a la muerte. Imaginan su muerte todos los días y evitan situaciones de riesgo. Y cuando muere alguien muy querido, se envuelven en un pinche luto que a veces les dura toda la vida. 

La cosa es que cuando alguien está de luto (al menos en muchas partes del México “mocho” que se da golpes de pecho), es un dig deal. Llegan al punto en que no escuchan música, visten de negro incluso durante años, no celebran nada y van al panteón siempre que pueden, aunque no tengan ganas de ir. Se privan de muchas cosas que los hacen felices, sólo porque alguien se les murió. En parte porque es su forma de mostrar un cierto respeto a quien murió, pero también por el mentado “qué dirán”. Ni modo que la viuda no vaya a limpiarle la tumba al esposo, porque no vayan a pensar que lo olvidó tan pronto o que ya tiene otro hombre. Qué hueva que hasta en la forma de vivir un duelo la gente se preocupe por lo que digan los demás. 

La muerte tarde o temprano sucede tanto a gente que nunca rompe un plato como a quienes suelen joder a los demás. A todos se nos mueren quienes más amamos, y algún día todos nos morimos. Es algo que sucede independientemente de nuestras conductas o creencias, de si tenemos dinero o no, si somos saludables o nos vale madre. Entonces, ¿para qué estar extremando precauciones todo el tiempo? ¿Para qué limitarnos? ¿Para qué estar siempre a dieta? ¿Por qué no comerte esa pinche dona que tanto se te antoja? ¿Por qué no ir a ese lugar que quieres visitar desde hace años?

Vivir temiendo a la muerte, para mí es estar muerto en vida, como dicen por ahí. Y pues así qué chiste.

Lo que aprendí del día más triste de mi vida: abrazar la muerte

Según yo me creía master en esto de lidiar con muertes cercanas porque ya se habían muerto una tía y mis dos abuelos paternos, hasta que la vida me dio un putazo de realidad que me hizo ver las cosas desde otra perspectiva. De pronto mi papá ya no estaba en este mundo. Y nos avisaron cuando estábamos de vacaciones, lejos de casa.

En ese instante, a mis 17 años, mi miedo a la muerte se hizo más presente que nunca. Al principio me desbaraté. Estaba hecha pedazos. Lloré, grité, me costaba respirar. 

Viajamos 700 kilómetros para llegar al funeral. Traté de no llorar tanto en camino para no preocupar a mi familia, pero yo solo iba pensando como grabadora trabada: “se murió mi papá, se murió mi papá, se murió mi papá”. Después me entró un miedo irracional a que se muriera mi mamá, o alguno de mis hermanos, o que yo me muriera. Pensaba en el dolor tan grande que una muerte más iba a suponer a mi familia, y mi miedo aumentaba cada vez más. Casi no dormí a pesar de viajar de noche, porque iba atenta por si pasaba algo malo.

Cuando llegamos de madrugada al velorio, muchos me decían “tienes que ser muy fuerte para tu mamá y para tus hermanos”. Híjole, no sé cómo me pedían eso. ¡Se acababa de morir mi papá! Primero me saqué de onda pero de pronto supe que era el momento de sacarlo todo y decidí que me iba a valer madre lo que los demás pensaran de mí, yo iba a llorar y a gritar todo lo que necesitara. Eso hice. Evadí el mar de gente que había en la funeraria y sus “consuelos” de “lo siento mucho” o “tu papá ya está con Dios”. Me fui directito a ver a mi papá y me rompí en mil pedazos. Ya que me calmé un poco, me despedí de él (sin saber si me escuchaba o no, pero de todo corazón). Recuerdo lo que le dije: “Papá, por favor nunca te me aparezcas ni nada. Voy a estar bien. Vamos a estar bien. Ya cumpliste aquí, ya vete en paz. Te amo”. 

Ese día y los siguientes, fueron horribles. Creía que nunca me iba a recuperar. Sentir la muerte tan cerca me daba un chingo de miedo, tristeza y un montón de sentimientos que ni sé explicar. Veía a mi mamá muerta en vida, a mis hermanos en su mundo y yo quería ser mamá, papá, hermana y todo a la vez. 

Pero poco a poco, un día a la vez y siempre a mi tiempo y a mi ritmo, permitiéndome sentir lo que tuviera que sentir en el momento, fui decidiendo estar mejor. 

Tenemos el tiempo limitado

Empecé a abrazar la idea de la muerte, de que la vida sigue cuando alguien se nos muere, y que el dolor que eso causa se atraviesa y listo; y que no debía permitir que el vacío de la ausencia provocada por la muerte, me impidiera vivir disfrutando.

Me cansé de darle vueltas a eso que había pasado y que estaba totalmente fuera de mi alcance. Preferí aceptar la muerte como parte de mi realidad. Seguí llorando, pero me fui sintiendo cada vez menos triste, hasta que llegó un punto en que la vida se sentía casi igual a antes. Con una ausencia que hasta el día de hoy (casi 10 años después) me pesa, pero ese episodio de terror ya fue quedando en el pasado. 

La verdad no lo superé, ni me considero fuerte. Simplemente aprendí a abrazar mi tristeza y a salir del hoyo aceptando las cosas como son: tarde o temprano todos nos vamos a morir. Me permití vivir mi dolor, sacar cosas chingonas de él, y poco a poco fui aceptando que la muerte es parte de nuestro paso en este mundo y de formas dolorosas y extrañas, al final nos hace valorar la vida. 

Entendí que así como mi papá murió relativamente joven (a sus 45), ni yo ni nadie tenemos el tiempo asegurado en este planeta, así que más vale aprovecharlo al máximo, con todo y el dolor, las muertes y los tragos amargos. Porque estar vivos es un regalo que tiene caducidad.

Para unos es el destino, para otros un plan divino, para algunos la suerte y para otros, como para mí, simplemente se trata de la vida pasando. Y así como empieza, algún día termina. Esa es la muerte, por eso no le veo sentido a temerle si es algo tan natural y tan inevitable. 

La vida se acaba de golpe, estemos o no mentalizados para ello. Por eso en vez de tener miedo a la muerte, hay que tenerle amor a la vida y vivirla lo mejor que podamos. Al final de cuentas, poniéndome cursi, “después de todo, la muerte es solo un síntoma de que hubo vida”, como diría Mario Benedetti. 

Mariana Valenzuela
Siempre he querido cambiar al mundo y al escribir me siento superpoderosa. Soy muy yo: cursi, feminista, entregada y fan de lograr cosas que parecen imposibles. Espero nunca se me quite lo terca.
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mariana@tevasamorir.comhttp://www.tevasamorir.com

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